Venezuela nos recuerda que el gobierno nunca es moralmente neutral
La dramática operación militar de Estados Unidos que condujo a la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro ha sumido a nuestro hemisferio en un intenso debate, y con razón. Lo que ocurre en Venezuela no es simplemente un acontecimiento geopolítico; es una oportunidad para confrontar una mentira que las sociedades occidentales aceptan cada vez más: que el gobierno puede ser un árbitro moralmente neutral del poder.
El 3 de enero, fuerzas estadounidenses capturaron a Maduro en Caracas y lo trasladaron a Nueva York, donde ahora enfrenta cargos federales relacionados con el narcotráfico y el narcoterrorismo. El presidente Trump ha defendido la operación como una respuesta adecuada a amenazas que emanan desde Venezuela, mientras que el secretario de Estado Marco Rubio subrayó que Estados Unidos no permitirá que el hemisferio occidental se convierta en una base para narcotraficantes, regímenes hostiles o actores extranjeros que pongan en riesgo nuestra seguridad.
A primera vista, esto podría parecer una maniobra audaz de política exterior, quizá incluso puramente estratégica. Pero las preguntas morales más profundas que subyacen a este hecho tocan el corazón de cómo entendemos el gobierno mismo. Con demasiada frecuencia, en el discurso político moderno actuamos como si el Estado fuera una herramienta neutral, como si pudiera ejercerse sin consecuencias morales siempre que los fines parezcan convenientes. Sin embargo, tanto la Escritura como la historia enseñan lo contrario.
La Biblia deja claro que la institución del gobierno fue creada por Dios y tiene un propósito divinamente ordenado: restringir el mal y recompensar el bien. En Romanos 13, el apóstol Pablo escribe que “los gobernantes no son terror para el que hace lo bueno, sino para el que hace lo malo”, y que la autoridad “no lleva la espada en vano”.
Desde la cosmovisión bíblica, el gobierno es una autoridad moral. No es un árbitro neutral, sino un administrador de justicia, responsable en última instancia ante Dios. Cuando esa autoridad se convierte en autora de opresión, pierde su legitimidad moral. La crisis venezolana, con años de tiranía y sufrimiento humano, es una demostración contundente de lo que ocurre cuando un régimen rechaza este propósito fundamental.
Pero consideremos las implicaciones más amplias de cómo reaccionamos, no solo frente a Venezuela, sino también en nuestras propias naciones. Las sociedades occidentales abrazan cada vez más una gobernanza tecnocrática, reduciendo el papel del gobierno a una serie de problemas transaccionales que deben optimizarse o corregirse. Si una política “funciona”, se considera buena; si fracasa, se ajusta. O peor aún, juzgamos al gobierno únicamente por sus buenas intenciones.
En este marco, la moralidad se vuelve opcional o subjetiva. Sin embargo, los abusos violentos del régimen de Maduro —el desmantelamiento de instituciones legítimas, el desprecio por la vida humana, la corrupción y la instrumentalización del poder— nos recuerdan que el gobierno nunca es meramente funcional. Es moral o inmoral según el impacto que tenga sobre los portadores de la imagen de Dios y sobre el florecimiento humano.
Esto no solo importa para evaluar la política exterior, sino también para juzgar el servicio público en casa. Cuando el gobierno se convierte en un gestor neutral de intereses en lugar de un baluarte contra el mal, pone en peligro las mismas libertades y el orden moral que fue llamado a proteger.
Por supuesto, esto hace que una comprensión objetiva del bien y del mal sea absolutamente necesaria para un gobierno eficaz que respete los derechos humanos y las libertades individuales. No es casualidad que John Adams escribiera en 1798: “Nuestra Constitución fue hecha únicamente para un pueblo moral y religioso. Es totalmente inadecuada para gobernar a cualquier otro”.
Algunos advertirán que la intervención estadounidense establece un precedente peligroso o que el uso del poder militar en el extranjero conlleva riesgos significativos. Estas preocupaciones no son triviales. De hecho, muchas voces internacionales —desde capitales aliadas hasta instituciones globales— han expresado alarma por la operación y sus implicaciones para la soberanía y las normas internacionales.
Sin embargo, no debemos permitir que la cautela se convierta en una excusa para la parálisis moral. Si el gobierno ha de ser algo más que un terreno de indiferencia, debe estar dispuesto a confrontar fuerzas de violencia y opresión, ya sea que adopten la forma de carteles de droga, gobernantes autoritarios o sistemas corruptos que pisotean la dignidad humana. Hacer menos que eso sería renunciar por completo al propósito moral del gobierno.
El gobierno también tiene el deber moral de confrontar el mal que daña a sus ciudadanos incluso cuando ese mal se origina fuera de sus fronteras, porque la protección de los inocentes no se suspende por razones geográficas.
El pueblo venezolano ha soportado durante años una catástrofe humanitaria. Sus vecinos han sufrido bajo un régimen que traficó con el miedo y la muerte. Este momento no se trata solo de estrategia; se trata de justicia. Y la justicia bíblica no es una consigna: es un imperativo moral.
Al reflexionar sobre estos acontecimientos, los cristianos y todas las personas de conciencia deberían preguntarse: ¿cuál es el papel del gobierno en un mundo caído? ¿Es simplemente equilibrar intereses? ¿Ejecutar la voluntad de la mayoría? ¿O es mitigar el mal y sostener la justicia dondequiera que se manifieste? Romanos 13 responde con claridad: los gobernantes están llamados a ser servidores de Dios para el bien de la sociedad.
A medida que la situación en Venezuela se desarrolla y que los responsables de formular políticas en Washington, Caracas y otras capitales del mundo consideran sus próximos pasos, no olvidemos esta verdad fundamental: los gobiernos no son moralmente neutrales. O restringen el mal, o se convierten en agentes de él.
La historia juzgará este momento, y nosotros también deberíamos hacerlo, conforme a estándares de justicia moral que trascienden la política.
Josué Sierra es Director de Comunicaciones del Instituto de la Familia de Pensilvania y consultor para el Instituto de la Familia de Maryland. Vive en la región del Atlántico Medio junto a su esposa y sus cinco hijos.