¿Cómo crecer como cristiano en una era poscristiana?

El cristianismo en Occidente está viviendo un momento decisivo. Las estructuras culturales que antes sostenían la fe —normas sociales, instituciones educativas, e incluso supuestos en la ley y la política— se han erosionado. En el pasado, la asistencia a la iglesia era común, el conocimiento bíblico estaba muy extendido y los marcos morales cristianos eran generalmente aceptados. Hoy, ese mundo parece un recuerdo lejano. La fe es a menudo percibida como irrelevante, anticuada o incluso perjudicial. Las generaciones más jóvenes, moldeadas por la revolución digital y el pluralismo global, se encuentran ante una vertiginosa variedad de cosmovisiones contrapuestas. Para muchos, el cristianismo no es rechazado, simplemente es ignorado.
En un mundo así, el llamado al discipulado nunca ha sido más urgente, ni más incomprendido. El discipulado no es un evento, una clase o un programa. No es un plan de estudios de doce semanas ni una lista de hábitos espirituales. El discipulado es un viaje de toda la vida para ser moldeado a la imagen de Cristo. Es el llamado a dejar atrás una antigua forma de vida y abrazar una nueva identidad en Cristo, permitiendo que cada parte de nuestro ser —nuestros pensamientos, deseos y relaciones— sea transformada por su gracia.
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Cuando Jesús invitó a sus seguidores con las sencillas pero profundas palabras: “Sígueme”, no estaba ofreciendo un camino opcional para los espiritualmente inclinados. Estaba convocando a hombres y mujeres al corazón mismo de la misión de Dios, a una vida definida por la fe, la obediencia y la transformación. En el centro de este viaje está el llamado a amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas. El verdadero discipulado no se limita a equipar a los creyentes con conocimiento, ni exige meramente una conformidad externa con la ética cristiana. Busca involucrar a toda la persona, remodelando cómo pensamos, qué amamos y cómo vivimos en comunidad.
El desafío es claro: en una era marcada por el escepticismo, la apatía y el individualismo radical, ¿cómo puede el discipulado formar creyentes íntegros y maduros? La respuesta, creo yo, reside en recuperar una visión triple de la formación cristiana: el discipulado de la mente, el discipulado del corazón (a través de la imaginación) y el discipulado en comunidad. Esta visión holística no solo está arraigada en las Escrituras, sino que también es iluminada por los escritos de C. S. Lewis, quien vio con más claridad que la mayoría las crisis culturales y espirituales de la modernidad.
Discipulado de la mente: Cultivando la profundidad intelectual
Para muchos hoy en día, la fe y la razón parecen ser enemigas. La narrativa de la cultura secular es que la creencia en Dios es un salto a la irracionalidad, una renuncia al pensamiento crítico o, en el mejor de los casos, una preferencia privada. El materialismo científico nos dice que las únicas verdades dignas de creer son las que se demuestran en los laboratorios, mientras que el relativismo insiste en que la verdad misma es fluida y subjetiva. Los llamados Nuevos Ateos han atacado al cristianismo por considerarlo intelectualmente obsoleto.
Atrapados en este clima, muchos cristianos no están preparados. Conocen fragmentos de la Biblia, quizás algunas doctrinas, pero no pueden explicar cómo su fe da sentido al mundo. Y cuando se enfrentan al escepticismo —ya sea en un aula universitaria, en una conversación en el trabajo o incluso en la mesa durante la cena— luchan por responder.
Pero la fe cristiana nunca ha pedido a los creyentes que abandonen la razón. Desde la tradición de sabiduría de Proverbios —“Adquiere sabiduría, aunque te cueste todo lo que tienes” (Prov. 4:7)— hasta la exhortación de Pablo de “llevando cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo” (2 Cor. 10:5), las Escrituras nos llaman a amar a Dios con nuestra mente. Jesús mismo ordenó: “Amarás al Señor tu Dios... con toda tu mente” (Marcos 12:30). Una fe que no piensa, pronto se derrumbará.
La historia de la Iglesia da testimonio de esta verdad. Agustín luchó con la filosofía antes de arrodillarse ante Cristo. Aquino elaboró una gran síntesis de teología y razón. Pascal habló de las “razones del corazón” que la propia razón debe reconocer. Y en el siglo XX, C. S. Lewis ofreció un modelo de discipulado intelectual que continúa moldeando innumerables vidas.
Lewis, quien una vez fue ateo, llegó a la fe no suprimiendo la razón, sino siguiéndola. Sus escritos apologéticos —*Mero Cristianismo*, *Milagros*, *El Problema del Dolor*— demuestran que el cristianismo no solo resiste el escrutinio racional, sino que proporciona el marco más convincente para la verdad, la moralidad y el significado. “Creo en el cristianismo”, escribió Lewis, “como creo que el sol ha salido, no solo porque lo veo, sino porque a través de él veo todo lo demás”. Eso es el discipulado de la mente: ver la realidad a través del lente de Cristo, pensar los pensamientos de Dios en pos de Él.
¿Cómo sería para la Iglesia recuperar esta profundidad intelectual? Significaría crear comunidades donde las preguntas difíciles sean bienvenidas en lugar de silenciadas. Significaría integrar la apologética y la formación en cosmovisión en el discipulado, no como materias opcionales, sino como formación esencial. Imaginen grupos de estudio que lean *Mero Cristianismo* junto con Romanos, o clubes de lectura que exploren juntos las *Confesiones* de Agustín. Imaginen sermones que profundicen en las riquezas de las Escrituras mientras muestran cómo el Evangelio responde a las preguntas apremiantes de nuestra era.
El discipulado de la mente no se trata de producir filósofos de sillón. Se trata de equipar a los creyentes para ver la realidad con claridad, para resistir las tormentas intelectuales y para proclamar a Cristo con confianza. Cuando la mente es renovada, toda la vida se fortalece.
**Discipulado del corazón: Despertando los afectos espirituales a través de la imaginación**
Si el mundo moderno desafía la mente con escepticismo, adormece el corazón con apatía. Vivimos en una era de distracción interminable. El zumbido constante del entretenimiento, la tecnología y el consumismo adormece el alma. Nuestra cultura nos anima a llenar cada momento libre con ruido, el uso de pantallas o el espectáculo. En tal ambiente, el hambre profunda de Dios es fácilmente sofocada.
Muchos cristianos también sienten esto. La fe se convierte en una delgada capa de consuelo: terapéutica, sentimental y frágil. Alivia, pero no transforma. Inspira brevemente, pero no perdura.
Sin embargo, el discipulado no es simplemente una cuestión de pensar correctamente; se trata de amar correctamente. Agustín lo dijo claramente: el pecado es amor desordenado, y la salvación es el reordenamiento de nuestros amores hacia Dios. El salmista oró: “¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Y nada deseo en la tierra fuera de ti” (Sal. 73:25). El verdadero discipulado despierta los afectos, cultivando un profundo deseo por la santidad, la belleza y la presencia de Dios.
Jesús entendió esto muy bien. Él no se limitó a dar conferencias sobre doctrina. Contó historias que removían la imaginación: el hijo pródigo, el buen samaritano, la semilla de mostaza. Sus parábolas pintaban imágenes del reino, despertando en sus oyentes un anhelo por el reinado de Dios. Los invitó a imaginar una realidad más hermosa y atractiva que el mundo quebrantado que los rodeaba.
C. S. Lewis comprendió esta dimensión del discipulado con un genio excepcional. Sus ensayos apologéticos persuadían la mente, pero su ficción cautivaba el corazón. En *Las Crónicas de Narnia*, los lectores saborean la bondad de Aslan y descubren que la obediencia, el valor y el sacrificio no son cargas, sino alegrías. En *El Gran Divorcio*, muestra con una claridad inquietante las consecuencias eternas de elegir el yo por encima de Dios. Lewis sabía que antes de que las personas acepten el cristianismo como verdadero, primero deben sentir que es deseable.
Por eso el discipulado debe incluir la imaginación. Sin ella, la fe se convierte en un intelectualismo seco o en un moralismo rígido. Pero cuando el corazón es cautivado, el discipulado se vuelve gozoso y resiliente.
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