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J.D. Vance acertó en parte sobre el socialismo, los cubanos conocen el resto

J.D. Vance acertó en parte sobre el socialismo, los cubanos conocen el resto

Andrew Harnik/Getty Images

“El socialismo, clásicamente, consistía en dar prioridad a los trabajadores... ahora creo que, en realidad, lo que verdaderamente significa en el contexto estadounidense es querer reemplazar a los trabajadores estadounidenses por trabajadores extranjeros, y querer que los niños participen en los deportes de niñas”.

Esa fue la respuesta dada por el vicepresidente de EE.UU., J.D. Vance, durante un encuentro con la prensa el jueves cuando se le pidió su definición de socialismo. Desde entonces, sus comentarios han suscitado reacciones de la vasta comunidad de exiliados de regímenes socialistas que han encontrado refugio en los Estados Unidos.

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La declaración del vicepresidente fue “la peor respuesta que he escuchado de un conservador en décadas”, según el activista venezolano Emanuel Rincón. “La verdad es que a los socialistas nunca les han importado los trabajadores; les ha importado dominar los medios de producción o los beneficios derivados de ellos, ostentar el poder total y acosar a los ciudadanos, y extinguir las libertades, no hacer lo que J.D. Vance sugiere aquí”.

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Si bien coincido con Rincón, hay algo de verdad en lo expresado por el vicepresidente: el socialismo moderno está intrínsecamente ligado al “wokismo” y a sus ridículas ideas.

Es poco realista esperar que un político luzca bien o sea perfectamente acertado cada vez que aparece ante las cámaras. Todos somos seres humanos. No obstante, considero importante esclarecer el concepto de socialismo, una ideología que ha provocado los peores horrores conocidos en la historia moderna en cada continente donde se ha implementado.

El socialismo se originó como una idea para transformar los sistemas económicos y políticos, así como las relaciones de clase. Karl Marx, el intelectual por excelencia de dicha ideología, lo ilustró en su Crítica del programa de Gotha, describiéndolo como una “sociedad cooperativa basada en la propiedad común de los medios de producción”.

Los socialistas describieron el socialismo como el primer peldaño —la fase inmediatamente previa— en el establecimiento de una sociedad comunista en la que el Estado dejaría de existir. Sin embargo, para “socializar” los medios de producción (en términos llanos: despojar de la propiedad a quienes la poseían), era imperativo emplear la fuerza coercitiva de ese mismo Estado que afirmaban que con el tiempo sería abolido.

¿Se comprende la idea? Sé que parece una locura, pero créanme: alguien como yo —que vivió bajo un sistema totalitario donde estos conceptos eran tratados como doctrina sagrada— puede dar fe de que no son meramente insensatos, sino malévolos. Mi país, Cuba, pasó de tener una economía que rivalizaba con las de Europa a competir con Haití por el puesto más bajo del hemisferio. Mi ciudad, La Habana —que en su día presumió de tener más salas de cine que París o Nueva York— se ha convertido ahora, como he dicho antes, en una “Pompeya de sal”.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el intelectual italiano Antonio Gramsci abordó el socialismo desde un ángulo diferente: el cultural. La revolución ya no se libraría con balas, sino alterando el “líquido amniótico” de las naciones: promoviendo la envidia hacia los exitosos, el resentimiento y la supremacía del estatismo como virtudes entre las generaciones más jóvenes.

Las instituciones que moldean nuestra visión del mundo —desde las escuelas hasta los medios de comunicación— se vieron inundadas por una narrativa elaborada por intelectuales de izquierda que la disfrazaron de “pensamiento crítico”.

Ahí es donde nos encontramos hoy en Occidente: un lugar donde el concepto marxista de la lucha entre “opresores” y “oprimidos” ha desbordado el marco clásico de los propietarios del capital frente a los trabajadores. Ahora existe una supuesta “opresión” de los delgados por parte de los obesos, de las personas “sexualmente diversas” por parte de los “heteronormativos”, y de los inmigrantes por parte de los “nativos”. La opresión está supuestamente en todas partes, pero no en cualquier lugar del mundo, sino específicamente en Occidente, con sus raíces cristianas. Ese es, según ellos, el peor lugar para vivir; sin embargo, es el que más inmigrantes recibe año tras año.

Y creo que es a esta última etapa a la que Vance se refería en su respuesta.

El socialismo nunca consistió realmente en priorizar a los trabajadores. Se trataba simplemente de apelar a ellos para utilizarlos como carne de cañón con el fin de tomar el poder, ya fuera mediante la violencia o en las urnas.

El socialismo consiste en quitar a quienes han trabajado, ahorrado e invertido sabiamente, para entregar una parte a quienes los socialistas creen que podrían convertirse en sus votantes. Consiste en demonizar al hombre común que se preocupa más por proveer para su familia, ahorrar y criarla según sus principios, mientras se exalta a quienes anteponen la “causa” a todo lo demás.

El socialismo consiste en mentir, matar, encarcelar, saquear y exiliar a poblaciones enteras —si es necesario— para mantener el control. Esos son los verdaderos frutos de un sistema socialista. Miami puede dar fe de ello, señor vicepresidente. Espero que este hermoso país nunca tenga que experimentarlo de primera mano.


Publicado originalmente en The Washington Stand.

Yoe Suárez es escritor, productor y periodista, exiliado de Cuba debido a sus reportajes de investigación sobre temas como la tortura, los presos políticos, las listas negras del gobierno, la cibervigilancia y la libertad de expresión y de conciencia. Es autor de los libros "Leviatán: Policía política y terror socialista" y "El soplo del demonio: Violencia y gangsterismo en La Habana".